viernes, enero 31, 2003  

Quizá nos lleve el viento al infinito, si salimos a dar un largo paseo, sin dinero, porque no hace falta dinero, ni destino, que tampoco hace puñetera falta. Si caminamos hasta las afueras, sobre las viejas vías o por la ancha avenida, donde Eolo tañe restos de poda e improvisa tubas en otrora desapercibidas oquedades, nuestros pasos apresurados pueden ser un contrapunto penoso. Pero saldremos ahí fuera y dejaremos las palabras (días como hoy, sabido es quién se la s ll e vaa, ah...)

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jueves, enero 30, 2003  

Temo que nada bueno pueda sucederme hoy, la sonrisa imbécil con que he despertado no puede acarrearme más que imprevistos. Porque se pronosticó, el día es nublado y muy fresco, ideal para ojear una breve selección –es exquisito y deja insatisfecho, ¿qué más se puede pedir?– del Diario de Thoreau, y servirse otra taza de café humeante.

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miércoles, enero 29, 2003  

He sido un paseante, un sans terre dirigido a Tierra Santa. He sido un curioso más en una librería menos por descubrir, un obstáculo a sortear y que no nos toque. Juego a ejecutar lo que se me representa y sólo me conformo con la mejor de las aproximaciones. Tomo café en un sitio nuevo.

Me genero a cada instante y a su vez mi memoria. No recurro al tiempo para de algún modo estar.

Ya de vuelta, a estas horas de la tarde, bendigo mi naturaleza discreta, toda señal de fatiga y pasado como una herencia fingida. Contando, eso sí, con que la casa siga en pie y en la nevera recuerdos (un hilo de permanencia en lo inconquistado).

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martes, enero 28, 2003  

He traído a Bruno Schulz para que me enhebre los días. Dudo que funcione. En cuanto cierre el weblog, se echará a dormir o se volverá a Drohobycz. Que yo me vuelvo, ha venido diciendo en el tren, por el raíl paralelo del tiempo. Y lo hará.
Iría trasladando hábitos, consumos y fines de plazo, Derechos y Obligaciones, deseos, traspiés y un par de polacos más hasta esta indefinición con alrededores, devenida autarquía, y ya podría diluviar. Pero se volverá a Drohobycz.

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lunes, enero 27, 2003  

«No disimular nada ni ocultar nada, escribir sobre las cosas más cercanas a nuestro dolor, a nuestra felicidad; escribir sobre mi torpeza sexual, el sufrimiento de Tántalo, la magnitud de mi desaliento –creo entreverlo en sueños–, mi desesperación. Escribir sobre los necios sufrimientos de la angustia, la renovación de nuestras fuerzas cuando aquéllos pasan», se propone John Cheever en sus Diarios.

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domingo, enero 26, 2003  

Me gustaría tomar el relevo del rastreador de bartlebies de Vila-Matas y, conocidas las, en general, excelentes razones para no escribir que esgrimieron tantos ágrafos (y, sorprendentemente, algunos prolíficos plumíferos), esbozar un mapa del Sí, del sí al más autobiográfico de los géneros (en el que uno escribe sobre sí cuando es ése), al diario más subjetivo e íntimo; las motivaciones del deliberadamente literario o discursivo –el dietario– me resultan más claras y reconocibles y eso les priva de mi muy privativo aunque a menudo veleidoso interés. Unir las coordenadas comunes (de haberlas), ¿obtener los isohumores de la literatura europea en una fecha concreta? Construir así un dietario de diarios, darle a ese poco de inventario un carácter más rizomático que arborescente, negar a toda costa cualquier pretensión enciclopédica, excusando la evidente insolvencia en el rastreo de diaristas interesantes y poco conocidos.

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sábado, enero 25, 2003  

Disto mucho de hablarle («Acércate, tú, invisible, desconocido, hablemos los dos juntos») a mi diario, como Katherine Mansfield. Le acabo de dar vida pero no sé dónde situarlo, en qué estancia de la noche y estante del pensamiento. No sé si preferirá el frío o el calor, si será perenne o caducifolio y perderá los posts con el otoño. «No sé nada de ti», te digo y sigo estando muy lejos de hablarte, invisible, desconocido, tú.

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viernes, enero 24, 2003  

«Una condición imprescindible para el perfecto desconocido es la soledad, sin la cual todo sería sosa jactancia. He aquí la razón por la que he decidido escribir cuanto me acontezca, pues tengo la certeza de que algo va a sucederme. Sólo escriben diarios los solitarios y los fatuos. Yo creo poseer ambas virtudes. Téngase bien presente que un hombre aislado de sus semejantes es, indudablemente, un hombre nuevo a cada momento. En consecuencia, sólo mediante el uso de este Diario podré reconocerme y encontrarme, si es que me pierdo.» (De Diario de un hombre humillado, Félix de Azúa)

«¿Qué haces ahora? –me preguntó–. ¿Llevas un diario? Así que escribo la primera anotación hoy...» (H.D. Thoreau)

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