miércoles, febrero 26, 2003  

Qué casualidad, hoy he llegado, de la mano de Sebald y Austerlitz, a Praga. Desde la estación de autobuses hemos avanzado por la orilla del Moldava hasta nuestro hotel en la isla de Kampa. El cansancio y el sonido del río a través de la ventana nos ha sumido en un sueño profundo, donde «como barcos iban a la deriva en la oscuridad las siluetas de las centrales eléctricas, en las que ardía el lignito, paralelepípedos blanqueados, torres de refrigeración de crestas dentadas, chimeneas que se alzaban muy altas, sobre las que había penachos de humo inmóviles contra los colores enfermizos como verdugones del cielo occidental. Sólo en el pálido lado nocturno del firmamento se veían algunas estrellas, luces herrumbrosas y humeantes que se iban extinguiendo una tras otra y dejaban costras en las órbitas por las que siempre se habían movido».

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martes, febrero 25, 2003  

Otra vez la luz enharinada de la lluvia que, sin llegar a arreciar, no ha remitido en todo el día, cambiando tanto esta ciudad por la que el agua no corre de tan plana. Será buena noche de caracoles.

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lunes, febrero 24, 2003  

Cavilaba esta tarde, al cruzar el puente Carlos, en dirección a la Ciudad Nueva y a la cervecería Bubenícek, regresando de Hofman, Vlachovka, la sombría Cizek, Myler, Lada (de intentar otra vez ese hrabaliano «Slalom Gigante» de tabernas), si será verdad que esta ciudad tiene las garras de una madre posesiva y no te suelta jamás, como aseguraba Kafka.
No, no cruzaba el puente Carlos ni tampoco el Moldava por ningún otro sitio. No lo vadeaba a pie ni a nado esta tarde ni me abismaba en palabras de Kafka, pero sí hacía planes para futuras tardes de finales de febrero en Praga, adonde quiero ir y ya no volver. Ahora anuncio una casa donde ya no quiero vivir.

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sábado, febrero 22, 2003  

«Todas estas ideas que he anotado cumplidamente por orden en el diario han llegado de todos los puntos cardinales, de la tierra y el cielo. Y al final se asientan con firmeza en alguna base como los cubos de Pitágoras; como las estatuas en sus pedestales, aunque las estatuas rara vez se agarran de la mano. Sólo existe la conexión y serie que puede alcanzarse en las galerías. Y eso afecta a su influencia práctica y popular inmediata» anota Thoreau un día indeterminado de 1842. Sin embargo, ese mismo año asegura sentirse «bastante mezquino» por tal pretensión de influencia e historicidad, para pasar a elogiar su vagabundeo y la transmisión de sus bondades a los hombres, muy autocomplacientemente. Parece que la Duda acerca de su Sentido le asaltó por primera vez desde se echó al monte («rechazando el mundo y la sociedad humana a cada brinco»), como me asalta a mí sin apenas haber comenzado, tan mezquino cuando no me limito a citar y también cuando lo hago.

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viernes, febrero 21, 2003  

«Si alguna vez tropiezo con viejas fotografías de mi infancia, lo que hace mucho que no sucede, siempre me sorprende y molesta el mismo, obsesionante, rasgo. En todas ellas –diez, veinte fotografías que me retratan desde la pila bautismal hasta los seis o siete años de edad– aparezco con la misma e insoportable sonrisa. Siempre es igual, idéntica, como si se tratara de una máscara y fuera independiente de mi verdadero humor. Este signo inequívoco de vileza ha determinado mi vida, una de las más desdichadas que conozco, y siempre en la misma dirección; desde mis primeras intuiciones supe que estaba obligado a simular una constante felicidad, y que semejante rasgo iba a ser lo que me permitiera sobrevivir; la única fortaleza en donde podría sentirme a salvo de los innumerables ataques de que iba a ser objeto. Una simulación de felicidad terca y constante me ha permitido, en efecto, llegar con vida al día de hoy, pero a costa de los mayores sufrimientos y de un hastío infinito. No obstante, prefiero no imaginar lo que habría sucedido de haber mostrado a cara descubierta hasta qué punto ni era feliz, ni falta que me hacía.» (De Historia de un idiota contada por él mismo, Félix de Azúa)

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jueves, febrero 20, 2003  

«Escribiré todo, hasta cómo el cesto de la ropa recrujía en el número 75, pero tendré que contarlo todo con un sentimiento de misterio, de resplandor, de puesta de sol». Katherine Mansfield escribía dos diarios, simultáneos durante al menos largo tiempo. El que conocemos es lo que concibió como «un carnet pequeño para que sea publicado algún día», y en el que hace alguna que otra referencia a su «enorme Diario de quejas» que se encargó de destruir.

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miércoles, febrero 19, 2003  

Por falta de actividad relatable e imaginación para inventármela, dejo este post vacante. Se admitirán las solicitudes para cubrirlo en calidad de interino, siempre que se reciban en tiempo y forma.

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martes, febrero 18, 2003  

He empezado la última de Sebald y eso significa viajar. De hecho, nos encontramos con Austerlitz en una estación ferroviaria –la de Amberes–, y un rápido vistazo a las fotografías que salpican el texto nos da a entender que tomaremos algún tren, quizás para visitar ciudades amuralladas, cementerios profanados, hoteles, otras estaciones; enviaremos o recibiremos alguna carta, malas noticias tal vez, y algo, algo en las raíces de un castaño llamará nuestra atención. Sí, sí, escribiré.

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lunes, febrero 17, 2003  

Me muevo por la casa con sumo sigilo. Hay al pie de los muebles un polvillo azulado que, por más que barro, vuelve a surgir tiñendo las juntas de las baldosas. No adivino su procedencia, creo que se burla de mí. Finjo desistir, leo un periódico de hace dos días. De pronto, lo sé: de las cosas va desprendiéndose el barniz de su mirada.

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domingo, febrero 16, 2003  

No soy un rumiante, no volverá la semana pasada ni su viva imagen a mi calendario, quedará para siempre a la izquierda de mis cursores, de mis marcapáginas y su tinta (tanta) irá diluyéndose. Pero quedan los restos de las fracciones exactas y los poemas de diario, los Reyes que abriré La próxima semana, con ropa ya, pero también cole y Cuesta. ¡Feliz año nuevo!

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martes, febrero 11, 2003  

«Pongamos, por poner, que nadie me espera en ningún sitio, que estoy solo y que no veo razón alguna para no seguir estándolo en el futuro. Pongamos que escribiera este poco de memorial para destinarlo a las más o menos amables funciones de un privado teatro de cámara, un teatro de la memoria, mínimo.» (Miguel Sánchez-Ostiz, No existe tal lugar)

También este blog podría ser un teatrillo de cartón donde representar, al acabar el día, la pequeña farsa de su transcurso, o –como sucede con los accidentes y crímenes– , reconstruir sus escenas, recrear mis traspiés y liberar de calima, de inmediatez, la palabras propias; comprender, ahora sí, las ajenas. Para no modificar ninguna, deshacer nada, asistir tan sólo a la función privada, bajarle al día el

                                         TELÓN

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lunes, febrero 10, 2003  

Gesticulando (Kafka-Ferlosio-Pla)

«(Kafka) Su mirada parecía haberse criado y aprendido a ver desde detrás del cristal de la ventana, viendo, pero no oyendo, allá abajo en la calle, el afanoso, tenso, perentorio hablar unos con otros los hombres, ajustándose a cada momento la bufanda, parados en la acera y como siempre a punto de separarse y despedirse pero de nuevo demorados por la necesidad de añadir todavía una palabra más. Atento siempre a aquel gesticular que la inaudibilidad de las palabras dejaba aislado y silencioso, fue descubriendo por indefinibles síntomas o indicios el secreto más triste y más patético del gesto: hasta qué punto confuta siempre, de algún modo, las palabras que subraya y acompaña, queriendo y hasta creyendo confirmarlas.» (Ferlosio)

«En este país tenemos una costumbre muy curiosa. Cuando nos encontramos, en la calle, dos personas cara a cara, no tenemos, apenas, nada que decirnos. Pero, una vez que nos hemos despedido y hemos dado siete u ocho pasos, se nos ocurren de repente una serie de cosas urgentes que decir a la persona que hemos dejado hace un momento. Entonces, la interpelamos a grandes gritos, alzando considerablemente la voz, gesticulando aparatosamente. El otro nos contesta, claro está, gritando y gesticulando con el mismo ímpetu. Como mientras tanto vamos caminando y la separación de nuestro interlocutor va aumentando, la conversación se convierte en un guirigay terrible. Al final, la distancia se hace tan larga que prácticamente es imposible oír nada. Entonces, uno dice, haciendo un gran esfuerzo:
– Bueno, ya hablaremos...
El otro responde energuménicamente:
– Sí, sí, ya hablaremos...
Y, cuando nos volvemos a encontrar, no tenemos nada que decirnos.» (Pla)

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domingo, febrero 09, 2003  

«La única manera de devolver a la filosofía su autenticidad, será hacerle pasar una temporada por el purgatorio de la confesión personal, la nota subjetiva, el diario íntimo.»
Hasta Pla parece querer animarme a empezar un diario. Desde que me lo planteé, no dejo de toparme con alusiones de este tipo. La de hoy, al borde del que iba a ser el primer día sin post (no tardará), bien vale uno. A devolver a la filosofía su autenticidad, mañana nos ponemos.

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sábado, febrero 08, 2003  

«Necesito tener algo», anota K. Mansfield el 8 de febrero de 1920. Salgo a buscarlo en la luz enharinada que ha dejado la lluvia. Vuelvo sin nada. Me dejo a ralentí el resto del día.

        No llorarán sus ojos,
        porque son ya ellos mismos
        lágrimas coaguladas en pupila,
        el llanto hecho mirada;
        ¡grandes ojos judíos
        de Ottla y de Franz!


        (Rafael Sánchez Ferlosio)

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viernes, febrero 07, 2003  

Irrepetible, indetenible,
fluye el blog irrecuperable.
(Variación a unos versos de Tsvietáieva)

Sigo sin entenderme con Blogger (venga, que se note que soy novato) y generando chatarra webpacial. Y no quedará ahí... o sí.

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jueves, febrero 06, 2003  

Hay libros que se parecen mucho al «espejo que se pasea» stendhaliano. Cuando, tanto como el camino y su paisaje, es el paseo mismo lo que se refleja, puede resultar un ejercicio deslumbrante. No se destripa la metáfora, se multiplica y propaga. He leído hoy El paseo, un relato fabuloso de Robert Walser. A la manera de Thoreau en Pasear, engarza el cuento con el encomio, exaltado y radical, del «arte de Caminar».

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miércoles, febrero 05, 2003  

De la mañana directamente hasta aquí. A la derecha para escribir esta nota, y a la izquierda para guardar la plomada, primer zigzag de un día por lo demás resuelto en línea recta. Cada vez será mejor, vertical e instantáneo, y podré arrendar mi tiempo a –ay– parapentistas.

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martes, febrero 04, 2003  

Un día como hoy pero de 1943, Mircea Eliade anotaba en su Diario de Portugal que, tal era entonces su pesadilla y la de Europa, sólo hallaba consuelo pensando en la muerte.
Acabados los parciales para nada, se abre ante mí un corto periodo de días recipientes que, cierto, podría llenar de cosas creativas y enriquecedoras, pero no. Iré cambiando el color del weblog, siempre de uno a otro más horroroso. Haré y desharé, aquí y allá, exhumando planes, pensaré en la muerte.

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lunes, febrero 03, 2003  

«Decido empezar este dietario. Escribiré –lo justo para pasar el rato, a la buena de Dios– lo que se me vaya ocurriendo. Mi madre es una señora muy limpia, dominada por la obsesión de mantener la casa en un orden helado. Le gusta romper papeles, quemar viejos cachivaches, vender al trapero todo lo que para ella no tiene utilidad práctica o decorativa inmediata. Será un milagro, así, que estos papeles se salven de sus admirables virtudes caseras. Si esto llega, sin embargo, no creo que hiciera con ello ningún mal. [...] A mí, personalmente, me entretiene muchísimo leer memorias, reminiscencias, recuerdos, por muy humildes y vulgares que sean. Si estas notas se salvan de la quema, quizás algún día las echará un vistazo algún pariente mío lejano o alguna persona curiosa y desocupada.» Lo dice Josep Pla, el catalán más universal y obstinadamente local, al comienzo del que sería uno de los diarios más famosos, El cuaderno gris.

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domingo, febrero 02, 2003  

Algo ciertamente excepcional, que obnubile mi pensamiento y acapare mi atención, tiene que darse para que, en el distraído transcurso de una tarde de domingo, no dedique un minuto a recordar aquellas otras en que, regresando del pueblo como muchos fines de semana, desafiaba al adormecedor runrún del coche (secundado por la exageradamente fuerte calefacción y la radio bajita retransmitiendo los partidos, en el asiento trasero apenas un rumor) con el fin de no perderme el paso –qué esperaría encontrar en aquellas hileras de farolas entre dos letreros anunciadores– por Salas de los Infantes, Barbadillo del Mercado, Hortigüela, Membrillas de Lara, Cuevas de San Clemente, Cubillo del Campo, Hontoria de la Cantera, el llamado 'Rancho Bill', Sarracín... o más bien una, convertida en sinécdoque de las demás por una memoria ahorrativa, en la que mis padres hablan de arreglar el tejado de la casa, el Atleti remonta un dos a cero en El sardinero, y ya vamos llegando a Burgos, Villalbilla, Tardajos...

El universo transformado en tarde de domingo, definición cioranesca del hastío y el fin del universo. «La pereza es un escepticismo fisiológico, la duda de la carne. En un mundo transido de ociosidad, los desocupados (nacidos en un eterno domingo, miran y se miran mirar) serían los únicos en no hacerse asesinos.»

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sábado, febrero 01, 2003  


Me aburro mucho y no siento la acción. No siento ni la fascinación del torbellino ni la curiosidad de imaginármelo. El río pasa y todo me lleva a sentarme en la ribera, cerrar los ojos y no pensar siquiera en un tropo menos manido. La idea de estudiar –su conveniencia– me ronda como un tábano; una abúlica conformidad se apodera de mí y del día que me arrastra.
– ¿Qué, qué?
– Despierta de una vez.

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