sábado, mayo 17, 2003  

Un campesino cierra un libro de Popper.


Es luna de cosecha.
                Al final,
no ha costado tanto.

                        Hasta aquí
me trajo una sucesión de tareas
que predeterminó la siembra
(con toda su liturgia semejante
a la de las apuestas arriesgadas)
y cierto sentido del deber
algo obsoleto ya: me gusta
terminar lo que empecé un día
que no supe estarme quieto.

Parecía ser para siempre, irse
un poco de mí en aquellos
surcos torcidos (parecían
poco dispuestos a devolver nada)
cuando les confiaba la simiente.

Pero pronto haré una fiesta
grande porque el año ha sido grande.
Y después habrá que decidir
si apostarlo otra vez al mismo azar
o a otro con más combinaciones.

Tú hablas de nubes y relojes.
No sé si te burlas o me defiendes.

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jueves, mayo 15, 2003  

«La Administración es un dinosaurio que habitualmente duerme», peroraba mi hermana. «Los únicos que pueden despertarle son los medios de comunicación, y entonces se despereza como el dinosaurio que es, con grandes sacudidas. Todo puede estar sucediendo mientras no trascienda, pero, si esto ocurre, no cabe una hora sin que un informe, una denuncia, un expediente –cualquier cosa vale menos un «no lo sé», «no teníamos noticia»– llegue a manos de sus portavoces y puedan blandirlo ante los periodistas que osaron despertarle.»

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miércoles, mayo 14, 2003  

Tempus fugit

Lo dijeron Horacio y el Barroco:
cada hora nos va acercando un poco
más al negro cuchillo de la Parca.
¿Qué es esta vida sino un breve sueño?

Hoy lo repite, a su manera, el Marca:
en junio se retira Butragueño.

(Miguel D'Ors)

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martes, mayo 13, 2003  

No hay tiempo, es verdad, para elogiar ni censurar seriamente nada. Y además, con el tiempo, se contienen los rebotes plebeyos, se apagan los destellos patricios del optimate en reserva, Bíbulo retirado escrutando el cielo. O César.

De la irresponsabilidad de hablar habla Tu rostro mañana («What a disgrace is it to me to remember thy name! Or to know thy face tomorrow», de nuevo Shakespeare), sea cual sea el tiempo del que se hable y la intención de quienes incurrimos en el eterno parloteo, pero también de cómo se taima nuestro error cuando, habláramos o calláramos, somos expulsados de él («y a qué tanto sueño y aquel rasguño, mi dolor, mi palabra, tu fiebre, y tantas las dudas, y tal tormento.») Es lo que envuelve un relato un tanto difuso, con un narrador que va reflexionando a pie de ejemplos donde el hablar y el callar tienen especial relevancia (la diplomacia, la política –la guerra–, las relaciones personales –el matrimonio, esa «institución narrativa»–) y consecuencia (la desconfianza, la traición, la mentira –pero «todo tiene un tiempo para ser creído–»), mientras nos va contando (y en este contexto el lector ya está en guardia) de su pasada ocupación en Londres como «intérprete de vidas» al servicio del MI6 británico. Veremos por dónde conduce la segunda parte Marías, ésta acaba con el fuego casi extinguido (incluso artificiosamente mantenido, sus «old flames» costosamente avivadas desde bastantes páginas antes del to be continued).

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domingo, mayo 11, 2003  

«Duración de las cosas en el Empordà. Cuando se fundó, en Palafrugell, La Taponera, o sea el coro antiguo, nuestro glorioso coro antiguo, se acordó que el estandarte fuese de corcho y después de un año y medio de deliberaciones para saber cómo tenía que ser un estandarte de coro de corcho, se estableció que el estandarte de corcho tuviese la máxima magnificenciay fuese un trabajo delicado y acabadísimo. Fue encargado de su elaboración el ciudadano Martí, de la casa Martí, padre del médico Martí. Trabajó con toda conciencia. Elaboró un retablo de corcho extraordinario, una obra que ha sido la admiración de todas las personas que la han visto. Empleó una serie de años consecutivos. Cuando el estandarte estuvo acabado, ya hacía años que el coro se había disuelto.

(...)

En realidad, no hay tiempo para nada: ni para elogiar seriamente nada, ni para censurar seriamente nada. Cuando te dispones a hacerlo, lleno de buena voluntad y paciencia, sistemáticamente, siempre hay un señor o una señora que se interpone y te pregunta qué hora es.»

(Del Cuaderno gris de Pla, del 11 de mayo de 1918)

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sábado, mayo 10, 2003  

Que la realidad es a la par continua y discreta, ondular y corpuscular como la luz, es algo más que una sospecha, si es que cabe algo más que sospechas acerca de tan huidizo concepto (del mundo y la existencia, sólo vagas huellas en el barrizal de la nada). Parece a veces ocurrir lo mismo con los libros que salen al paso de entre anaqueles, especialmente las novedades editoriales tan estacionales, tan de temporada como la cocina de un restaurante de mercado (y así hay meses de autobiografías, de memorias, de cuentos largos o breves (y aun hiperbreves), meses en los que aparecen sobre todo diarios y dietarios y, quizás coincidiendo con éstos, libros de aforismos, misceláneas, o bien segundas partes de novelas -qué otra cosa- vendidísimas). Pero no sólo novedades. A menudo se recuperan del fondo de catálogos o almacenes (tanto da), se rescatan del estacionamiento en batería y segunda fila (sin multa) un puñado de títulos cuyas portadas han estado mucho tiempo cara a otras contraportadas, cara al culo, y ahora recuerdan su mundo o conocen el nuevo. Y se viven auténticos revivals de autores muertos o poco entrevistados (tanto da), por razones que algunas veces están claras (premios honoríficos, adaptaciones cinematográficas) y otras se esconden más (el éxito de otro autor que les alude o reivindica) y más y no hay con que llenar los paréntesis. Y no sé si en unos de estos periodos los libros me salen más al paso que en otros, o con más prolijidad, o es entonces mi desinterés desleal el que flaquea, se deja engatusar y muerde todos los anzuelos que la curiosidad insana y gravosa tiende. Debe de ser esto, porque entre los libros que llevo un par de semanas saludando están viejas novelas que siempre quise leer, pero con las que nunca hasta ahora me había topado y tampoco encargué (Herzog de Saul Bellow), memorias (recuerdos recién inventados) como las de Savater (o recién publicados como las de Canetti, cuando aún no he mediado Masa y poder), diarios del siglo pasado como los de Sánchez-Ostiz. También una novedad de éste último, Peatón de Madrid, o la poesía completa de Pedro Casariego (que me regalaré así se esfume la culpa de los últimos dispendios), recién publicada por Seix Barral como Poemas encadenados, quién sabe si por la curiosidad o a ella. La misma Seix Barral que, también recientemente, ha creado la Biblioteca Onetti para devolvernos Santa María. O se están todos un poco más quietecitos o no sé lo que habrá que hacer. «Bolígrafos sobre la mesa, no hay tiempo para más», nos decían cumplido el de los dictados. Y nos sigue faltando.

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«Yo vomité las espinas de un salmón en la cara perfecta del ángel.
Proseguí mi camino imposible hacia la indiferencia absoluta. Pero siempre surgía algo que me apartaba de mi meta. Me sentía inevitablemente romántico. Anduve unos centenares de metros con la mirada entoldada por la emoción, y arrojé todos los preservativos a un charco que no había sabido evaporarse. Todos menos uno. Todos tomamos precauciones. Todos los miserables.» (De Verdades a medias, Pedro Casariego)

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viernes, mayo 09, 2003  

«9 de mayo.

Anoche, con Pick en el café. Cómo, contra todas las inquietudes, me aferro a mi novela, igual que la figura de un monumento que mira a lo lejos y se aforra al bloque de piedra.

Hoy, noche desolada en familia. El cuñado necesita dinero para la fábrica, el padre está excitado a causa de la hermana, del negocio y de su corazón; mi desgraciada segunda hermana; mi madre, más desgraciada que nadie, y yo ensuciando papel.» (Kafka, Diarios)

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